"A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: La juzgo tan eterna como el agua y como el aire."
Jorge Luis Borges en "Fundación Mítica de Buenos Aires"

Últimos artículos publicados

Enrique Cadícamo: silben y no me hablen del siglo XXI

Poética      2017-07-18 20:55:31


Ser Gardel

Poética      2017-06-20 18:58:00

Juan Carlos Copes, un cansancio por ingratitud

Baile de tango      2017-06-11 22:32:41


Del escriba

Letras de la ciudad

Tomás, llegó a Once en el Sarmiento. Apurados, todos encaran la salida de la estación. El grueso de los que desembarcaron, la de avenida Pueyrredón. Pero algo pasa, Tomás lo adivina antes de llegar a la vereda… Ah…!!! Pueyrredón cortada por una sentada de los manteros. Hay que caminar las cuatro cuadras hasta Corrientes para ver si emboca al 168 fuera de recorrido, que lo lleva a la herrería de Barracas.

Se manda, pero obligado por la calzada, el lugar de tránsito de los autos. Porque la vereda está ocupada por los puestos de venta que no dejan caminar a la gente …Uy…, en el apuro Tomás enredó su pie izquierdo en una bombacha que en exposición verédica…, se frena para sacarla de la punta de la zapatilla mientras una mujer de nacionalidad indefinida, pucho en la boca, lo saluda y no bien precisamente, mientras le arranca la bombacha viajera del pie.

Tomás sigue su camino pero engancha la mochila con el cable de un calefactor en oferta que no va a parar al piso por los sus reflejos. El morocho también lo saluda, y no bien precisamente, por no fijarse por dónde camina en “su” vereda de venta…   

Pero Tomás tiene que llegar al 168 para ir al laburo… y… ahora le corta el paso uno que vende espejos, espejos  de más de un metro de largo encolumnados en la vereda de la avenida Pueyrredón… hay que esperar a que los acomode como él quiere en “su” vereda…  Esperá y guarda… no vayas a romper uno… Ahora Tomás se frena otra vez, está la señora que ofrece fajas, rodilleras, coderas, muñequeras de esas azules, Tomás no quiere nada de eso, pero la que le está comprando a la mujer le corta otra vez el paso y no hay escape porque al lado está el puesto de los gorros, guantes y medias… Y más allá más bombachas, ahora también corpiños y calzoncillos, interminable esa tienda al aire libre ocupando más de media vereda…

El laburante, tratando de llegar lo menos tarde posible al trabajo, se topa con los percheros de camisetas, pulóveres, buzos, que no lo dejan pasar porque el que vende y tiene que acomodarlo en la vereda, habla con el senegalés de los relojes y chucherías que está instalando su mesita en la vereda de la avenida Pueyrredón al 200…

A Tomás le llama la atención que no hay un carrito con uno que venda garrapiñada para amenizar su cruzada de cuatro cuadras por la avenida Pueyrredón en el Once… debe estar tapado por el ejército mantero…

Al final Tomás, puede zafar, pero no ileso: le salpicaron la campera de lana con un guisito vaya a saber de qué cosas y de qué procedencia, que otra mujer vende en “su” vereda con packaging de bandejita descartable plástica…

Embocó el 168, casi no lo deja subir el colectivero por su cara desencajada por el esfuerzo y la ropa manchada y con olor al guisito… Tomás ya está exhausto… entregado... apabullado... y tiene todo el día de laburo por delante…

La historia de amor entre Mariano Moreno y María Guadalupe Cuenca tiene letra, quedó documentada a través de once cartas que ella le envió cuando el prócer ya había muerto en altamar. Once cartas que nunca llegaron…

En 1799 Moreno viaja de Buenos Aires a Chuquisaca, para proseguir los estudios de derecho en la prestigiosa universidad de esa ciudad del Alto Perú. En esos años el viaje se trataba de una cruzada, pero a Moreno le redituó conocer la obra de autores que lo formarían revolucionario: Montesquieu, Locke, Bacon, Jovellanos, entre otros.

Pero también conocerá a la casi niña María Guadalupe Cuenca, al ver un retrato suyo en la vidriera de un platero refiere la historia. Pregunta quién es. La conoce y se casa con ella el 20 de mayo de 1804. Chuquisaqueña, es huérfana de padre y se ha educado en un monasterio de monjas. Le dará un hijo, Mariano, con el que volverán a Buenos Aires donde transitarán y acompañarán con pasión los días de la Revolución de Mayo. Moreno será secretario de la Primera Junta, se enfrentará con Cornelio Saavedra y debe emprender el duro camino del destierro en el que dejará la vida.

Moreno debió zarpar de lo que hoy es Buenos Aires y la sociedad de entonces estaba convencida que María, mujer y muy joven, no sabía de política, sólo lo que le confió su marido, un abogado, hasta entonces gobernante y varón. Sin embargo, María Guadalupe Cuenca, conoce todo lo que debe conocer para tener al tanto a su esposo de la situación en Buenos Aires. Y son sus cartas las que lo dicen reveladoramente. Son once, inventariadas metódicamente por Enrique Williams Álzaga –gracias por eso a Enrique-.

A poco de partir Moreno hacia su destino londinense, María Guadalupe, recibió en una encomienda anónima un abanico de luto, un velo y un par de guantes negros. Entonces ya con fatalismo, comenzó a escribirle a su esposo. En una de ellas dijo: "Moreno, si no te perjudicas, procura venirte lo más pronto que puedas o hacerme llevar porque sin vos no puedo vivir. ¿O quizás habrás encontrado alguna inglesa que ocupe mi lugar? No hagas eso Moreno, cuando te tiente alguna inglesa acuérdate que tienes una mujer fiel a quien ofendes después de Dios". La carta es de fecha 14 de marzo de 1811, y como las otras, nunca llegó a destino: Mariano Moreno había muerto diez días antes.

Cinco meses para una nada
La correspondencia se despacha en cinco meses. En ellas María Guadalupe descarga su pesar contra Saavedra por haberla separado del marido, se califica como “desterrada” y a la espera de que Moreno “la mande llamar”.

“Yo no he dado nada, porque como vos no estás ni yo tengo otro patriotismo sino el de mi Moreno, no hago ningún servicio a la patria con quitarme de la boca esos reales; no he ido a ninguna función desde que saliste, las muchachas quisieron llevarme pero yo no he querido ir porque no tengo el corazón para eso ni puedo sufrir la presencia de los autores de nuestra separación y enemigos mortales nuestros” dice a Mariano Moreno en otro escrito.

Le pide al prócer al que supone embarcado: "no dejes de escribirme en cuanto barco salga y avisarme todo, ya basta de guardar secretos para tu mujer". El 20 de abril le confiesa: "van a hacer tres meses que te fuiste pero ya me parecen tres años".

El 1° de mayo: "no te enojes de tanto borrón ni te olvides de tu Mariquita; dedícale siquiera una hora al día para acordarte de ella y para corresponder las lágrimas y desvelos que tiene por vos". El 9 de mayo: "yo no pierdo ocasión [de escribirte] y si hubiera todos los días también lo haría, y vos hacé lo mismo porque a mí no me queda otro consuelo; quisiera escribirte cada día, con ésta van siete cartas y una esquela, y yo hasta ahora no he recibido ninguna tuya, y ya hace tres meses 17 días que te fuiste, por Dios Moreno escríbeme a menudo y date un lugarcito para leer mis cartas, aunque disparatadas, y no las tires sin leerlas, acordate de tu Mariquita".

Del 25 de mayo: "yo extrañándote cada día más y más, y deseando con ansia recibir carta tuya". Del 9 de junio: "pero ya te puedes hacer cargo como estará mi corazón con tu ausencia y cada día se aumenta más mi pesadumbre al ver que se cumplen cuatro meses, diez y ocho día de tu salida, y todavía no tengo el consuelo de recibir carta tuya; unos ratos le pido a Dios paciencia para esperar tus cartas y tu vuelta, otros ya me parece que me has olvidado".

El 21 de junio: "con la pesadumbre de no saber de vos en cinco meses que se cumplen mañana"; el 23 de junio: "aunque hace ya días que te escribí vuelvo a hacerlo por no dejar de hablarte aunque sea por medio de estos cuatro renglones"; el 1 de julio "para mí no hay oferta más agradable que ésta [escribirte cartas], y así quisiera que todos los días hubiera proporción, para hacerlo, y te he escrito tantas cartas que si las recibes todas quizás te incomoden y te canses de leer tantas majaderías, pero si me amas lo mismo que antes las leeréis con gusto". El 29 de julio: "ya con ésta llevo escritas trece o catorce cartas", no dejes de escribirme todo lo que te pasa, ábreme tu corazón como a tu mujer e interesada en todas tus cosas" y vuelve a insistir “porque cada día va peor, hazme llevar; adiós, mi Moreno, no te olvides de mí, tu mujer María Guadalupe Cuenca"

Son las cartas y las memorias de su hermano, Manuel Moreno, las que completan la otra historia, la del barco donde la muerte abordó al prócer: "el accidente mortal que cortó esta vida fue causado por una dosis de emético -4 gramos de antinomio tartarizado- que le administró el capitán en un vaso de agua una tarde que lo halló solo y postrado en su gabinete”.

Según infiere Álzaga, María Guadalupe es anoticiada del deceso de su esposo durante el mes de agosto. La última carta de María Guadalupe Cuenca a su esposo ya muerto fue del 29 de julio de 1811.

Cargaba los libros en sus caminatas crónicas por Chacarita, La Paternal y Villa del Parque, que se extendían los domingos soleados exclusivamente, a la Plaza Dorrego de San Telmo, donde, por ahí, seducía con su pintoresquismo a turistas que compraban con dólares.

Esos pesados libros que cargaba, rústicos, a dos colores, impresos en la imprenta “te hago el favor” los mostraba tan personales, tan particulares, hechos con el sacrificio y la escasez de la artesanía puede decirse, como que no tenían editorial, ni registro de propiedad intelectual y sus títulos los presentaban en lunfardo reo, bien reo. Él se autodenominó “vocero del suburbio”.

Esos pesados libros que cargaba eran suyos, de su autoría. Y en los bares y boliches de los barrios que transitó cada día, ese escritor los ofrecía a los clientes con su chamuyo entrador, su extravagante personalidad y la ensoñación propia de todo escritor.

Veterano de edad indefinida, de infaltable funyi gris y bigote finito al estilo “tío Cámpora”, flaco al alambre, entrador en base a un chamuyo rompehielos, te encajaba sus títulos -todos con varias ediciones- como “Juan Mondiola"; "Piropos porteños"; "Parlamento reo"; "Atracando la chata", "Andá a cantarle a Gardel" y "Academia de Lunfardo", entre otros. De esta manero lo rescató del anonimato Horacio Sacco.

Fue Julio Ravazzano Sanmartino. Y las precisiones sobre su vida se pierden en la ensoñación lunfarda y porteña en la que vivió. Se sabe que, igual que Aníbal Troilo, cumpliría este año los cien pirulos desde su nacimiento en 1914 en Buenos Aires. No se sabe en cambio, cuándo y dónde falleció.

Menos mal. Porque, muerto, Julio, que vendió personalmente cada uno de sus versos reos y porteñazos, no podrá enterarse que sus libros están a la venta, grotescamente, fríamente, miserablemente, también en “Mercado Libre”.

Julio Ravazzano Sanmartino cumplió el sueño, ya en esos tiempos de carácter épico, de cualquier escritor urbano: vivió de la literatura por lo menos el otoño de su vida. Y nunca firmó contrato con alguna editorial ni, menos, dedicó ejemplares en “La feria del Libro”, aunque ninguno como él encarnando el lema capital de esa feria: "del escritor al lector".

Julio vendió sus libros uno por uno, de mesa en mesa o de esquina en esquina, chamuyando la importancia de su dedicatoria al comprador, en frases de ocurrente y disparatado lunfa. El precio, al alcance de cualquiera, y la insistencia simpática del vendedor consumaban el negocio. Difícil seguir diciendo no. Y así, fue sus “Juan Mondiola” y sus “Piropos porteños” entre otros se hicieron lugar en la ciudad.

No hay que buscar al buen escritor en Julio Ravazzano Sanmartino, su lunfardo muchas veces sólo para académicos, sus rimas apuradas, los lugares comunes y hasta alguna falta de ortografía lo sacan de la línea de Dante A. Linyera, Carlos de la Púa, Julián Centeya o Celedonio Flores, a quienes seguramente leyó con avidez.

La gualén de la yeca posta
Pero Ravazzano Sanmartino es único en lo suyo, creativo, chispeante, divertido, a veces sorprendente. No hay excelencia en su obra pero hay exclusivas formas de decir porteñadas como, por ejemplo, "la gualén de la yeca posta", por "la lengua de la calle auténtica". Y es un troesma Julio en el juego de escribir sus increíbles personajes porteños con lunfardo bien de adentro, como para que la dificultad en entenderlo atraiga al lector al ubicarlo como extranjero leyendo su propio idioma.

No se sabe de alguien que haya escrito una crítica sobre la frondosa obra de Julio Ravazzano Sanmartino. No se habla de sus escritos en los suplementos literarios y ninguna maestra o profesor de literatura refiere los versos de este escritor de barrio. El peso de la calle, lo urbano del personaje-autor y el lunfardo reo y profundo con el que chamuyó, se cobran el precio.

La obra de Julio quizás podría encasillarse en las fórmulas de la literatura subterránea por la forma de edición y venta. A título de ejemplo, si algo es hoy un pariente de Julio, si algo tal vez lo tomó como ejemplo, es la revista “Hecho en Buenos Aires”, que se vende en las calles del centro a precio más que accesible, mitad para la editorial y la otra mitad para el vendedor.

Escritor, editor, publicista y vendedor Julio, haciendo sólo la suya, le dejó a la ciudad y a su gente, los porteños, mas porteñidad a través de los versos picantes y suburbanos que vistieron a sus personajes increíbles. Aquí va uno:

 Fanfarrón y chanta

 

Hoy que la vas de señor
porque te sobra la guita
y cuando das una cita
la apuntás en El Molino
hoy que torciste el camino
y no venís más al feca
hoy que no morfás buseca
porque es comida de pobre
yo te pido que te acuerdes
de tus tiempos sin un cobre.

Como todo, te cambiaste
y tu vida es viento en popa
hoy sos un bacán falopa
que ya se abrió de la barra
y en aquel patio de parra
donde quisiste ser vate
no olvidés el disparate
que hiciste con la María
el día del compromiso
brindando con leche fría.

 

Sos un puntacho junado
por el rante sabalaje
a vos te faltó coraje
en las lides del amor
hoy la vas de gran señor
con bobo de oro y marroca
te pichicateás con coca
y sos de la sociedad
ya no frecuentás las pizzerías
porque odiás la fainá.

Yo que te juno, fanfarrón
puedo batir tu pasado
pero te dejo encanado
en mi silencio piola
olvidate, pasta frola
del conventillo florido
y aunque el destino ha querido
plastificar tu emoción
yo sólo puedo decirte
que sos un gran fanfarrón.
  

Si usted es un afortunado que conserva un libro de Julio Ravazzano Sanmartino, no sea cruel, atesórelo y no lo pierda ni malvenda, no le pagarán mucho, hágale ese homenaje a la cultura popular y a las suelas gastadas de Don Julio. Sus hijos, si le salen piolas, el día de mañana se lo van a agradecer. Gracias Horacio Sacco!!!

Tomás volvió a la milonga de la calle Alsina. Y hasta llegó más temprano. A encontrarla a Sandra. La colorada que, una semana atrás, le deslizó que sí, que iba a volver a ese salón de baile siete días después. Es Sandra, aunque para Tomás es “Llamarada”, por esa frondosa cabellera roja de rulos con la que se hace ver esté donde esté. Con ese pelo tupido que encuadra y contrasta su rostro muy blanco, de ojos oscuros y labios gruesos rojo fuerte. O rojo pasión para Tomás.

Una semana atrás la había conocido en esa milonga y bailaron cómodos. Los dos nuevitos en el tango con calidad de baile por resolver todavía. Los dos, a la misma altura, podría decirse, en la necesidad de recorrer unos cuántos kilómetros de pista todavía, para acostumbrarse a sentir la guía y el intimismo que da el abrazo, a medir y acertar la marca tanto el hombre como la mujer, a pisar a compás, a bailar las pausas, a vivir la música, a ponerle al desplazamiento eso, que es lo esencial de esta danza, sentimiento.

No la encontró al llegar, ni a ella, ni a ninguna de las amigas con las que la colorada compartió la mesa la semana pasada. A esperar… bailando… que es lo bueno. Pasan media docena de tandas, más de veinte tangos, milongas y valses. Sandra no llega y a Tomás se le empieza a achicharrar la ilusión… La espera, aún con baile, ya es inquietud…

Más de la mitad de la milonga quedó atrás y la colorada no llegó. No volvió. Ya es muy tarde, no vale la pena esperarla, por lo menos ilusionado. Un rato más y Tomás ya no tiene más ganas de quedarse en el baile. La desilusión le pesa y no en los pies, sino allí donde es más pesada todavía, en el sentimiento. Listo… ya está… con suerte la encontrará otro día, vaya a saber en qué milonga… y no le va a poder reclamar nada, esto es así, así nomás…

Tomás llama a la moza para que le cobre la gaseosa que fue toda su consumición. Y al buscar la plata en la billetera, cae en lo que no quiso pensar mientras pensaba en la colorada… lo que le cuesta ir a la milonga a él un laburante medio oficial herrero… lo que le cuesta!

Y por venir a esta, por la colorada, Tomás se salió del presupuesto... cincuenta mangos la entrada más la consumición. Lo que cuesta ir a la milonga…

Sí, es cara para el laburante, ni qué decir para el jubilado… es caro hasta bailar lo que es del lugar de uno, y lo que le dicen popular… Como para que estén llenas las milongas… si muchos no pueden…

Che, párenla con esto de aumentar los precios, también en la milonga, o… la gente común se queda fuera de ella y lo que siempre fue, sin verso, verdaderamente nacional y popular, se convierte en diversión para ricachones y extranjeros… y... si eso pasa..., si eso pasa..., seguro que la milonga va a extrañar a los del barrio, a los que le ponen más que otra cosa, sentimiento…

 Este "trago de Tomás" se difundió el sabado pasado desde las 17, en la versión radial de Tomás Buenos Aires por la AM 830 Radio Del Pueblo

Desde 1808, se hicieron famosas las tertulias en su casa de la calle Unquera, más conocida por todos como “del Empedrado” o “del Correo” y hoy, nada menos que Florida. Al 200 de la actual calle estaba esa amplia casa que ocupó más de media manzana.

“Yo soy en política como en religión muy tolerante. Lo que exijo es buena fe” advirtió, y con esa fe decidió en los años revolucionarios de mayo ser una feminista para enfrentar a toda la sociedad de su época al defender los derechos de la mujer como una adelantada para las relaciones de pareja: así la define una carta a su hija Florencia, en julio de 1854, escribió: “¿Quién diablos inventó el matrimonio indisoluble? [...] Es una barbaridad atarlo a uno a un martirio permanente”.

Fue María de Todos los Santos Sánchez de Velazco y Trillo, o Mariquita Sánchez de Thompson, nació el 1º de noviembre de 1786 en el seno de una familia patricia de la época. Única hija de Cecilio Sánchez de Velazco y de Magdalena Trillo y Cárdenas, viuda en primeras nupcias de un más que rico comerciante de Buenos Aires, Manuel del Arco, cuya fortuna heredará Mariquita.

Se dice que en el salón de su casa se entonó por primera vez el Himno Nacional, aunque ella no lo cita en sus frondosos escritos. Pero la tradición así lo señala y fija dos fechas posibles: 14 o 25 de mayo de 1813. En la tradición también influyó el cuadro de Pedro Subercaseaux pintado en 1910, que puede verse en el Museo Histórico Nacional.

El pintor se refiere al cuadro en sus Memorias: “se trató de representar el ensayo del Himno Nacional Argentino. En el salón de la Chacra, tapizado de rico brocado amarillo, agrupé mis personajes; unas señoritas jóvenes vestidas a la moda ‘imperio’, junto a las cuales representé a San Martín, Pueyrredón y unos cuantos hombres más. Al clavecín aparecía el que acompañaba el canto de doña Mariquita Thompson, la que debía aparecer como figura principal del cuadro”.

Si lo del Himno puede dar pie a alguna duda, en cambio es seguro que en esas tertulias referentes  como Juan Martín de Pueyrredón, Nicolás Rodríguez Peña, Bernardo de Monteagudo, y Carlos María de Alvear, entre otros, armaron movidas políticas que se consolidaban en entidades públicas, como la Sociedad Patriótica o secretas, como la Logia.

Pero la personalidad de Mariquita se había manifestado a los quince años cuando en 1801 se enamoró y comprometió con su primo Martín Thompson, contra la opinión de sus padres.

Tanto el padre de Mariquita, don Cecilio Sánchez, como su madre, Magdalena Trillo, se negaron a dar su consentimiento, ya que tenían en vistas para ella a un comerciante rico.

Por aquel entonces, el derecho de familia establecía que los hijos de “blancos” menores de 25 años sólo podían casarse contando con el consentimiento de sus padres o  tutores. Salvo “juicios de disenso”, por los cuales los novios buscaban que la autoridad diese el permiso negado por los padres, o rechazara la imposición de un matrimonio no deseado.

Se le intentó imponer a Mariquita un casorio con el candidato familiar, Diego del Arco. La niña se negó e hizo una declaración ante autoridad competente de su voluntad de casarse con Thompson. La respuesta fue encerrarla en un convento por un tiempo. Ya muerto don Cecilio, y vuelta a casar doña Magdalena, comenzó el juicio de disenso, promovido por Martín Thompson.

Mariquita le escribió una osada carta al virrey Sobremonte contándole su caso: “me es preciso defender mis derechos: o Vuestra Excelencia mándeme llamar a su presencia, pero sin ser acompañada de mi madre, para dar mi última resolución, siendo ésta la de casarme con mi primo, porque mi amor, mi salvación y mi reputación así lo desean y exigen). Nuestra causa es demasiado justa, según comprendo, para que Vuestra Excelencia nos dispense justicia, protección y favor. El pedido fue escuchado por el virrey y el 20 de julio de 1804, Sobremonte autorizó la boda.

Mujer y caudillo
Revolucionaria, Mariquita acaudilló a las mujeres de la sociedad para sumarlas a la lucha como en ese entonces podían hacerlo las mujeres. Entonces se quejó de las limitaciones por el sexo en la Gazeta de Buenos Ayres con un aviso donde alertó que las damas patriotas están “destinadas por la naturaleza y por las leyes a vivir una vida retraída y sedentaria y no pueden desplegar su patriotismo con el esplendor de los héroes de los campos de batalla”.

También por eso ante un bono emitido por el Triunvirato en 1812 para comprar fusiles, Mariquita las convocó a suscribirlo y, una vez reunido el dinero, tuvieron “el honor de presentar a V.E. una suma destinada al pago de fusiles que ayudarán” a defender la revolución. 30 de mayo de 1812.

Como integrante de la capa porteña “ilustrada”, Mariquita tuvo educación y no evitó marcar su condición social como lo evidenció en sus iniciativas educativas, en las que usó el criterio de diferenciar a los pudientes de los demás. Así, al frente de la Sociedad de Beneficencia –que presidió en dos mandatos, mantuvo las escuelas separadas para niñas “blancas” y para niñas “pardas”.

En cambio, tenía puntos de vista mucho más avanzados a su tiempo en lo que se refería al matrimonio y el papel de la mujer en la familia, como ser vio en su apasionado romance con Martín Thompson. Cuando Thompson murió, se volvió a casar un año después, con el cónsul francés, Jean de Mendeville, con quien tuvo tres hijos. Matrimonio curioso: concluyó en 1836, cuando Mendeville fue destinado a Quito. Mariquita y sus hijos quedaron en Buenos Aires y nunca más volvió a encontrarse con su marido.

 La mujer del himno desnudó más tarde la cocina de los casamientos de las hijas en la época: “el padre arreglaba todo a su voluntad. Se lo decía a su mujer y a la novia tres o cuatro días antes del casamiento. Se casaba una niña hermosa con un hombre que ni era lindo ni elegante ni fino y además que podía ser su padre. De aquí que muchas jóvenes preferían hacerse religiosas que casarse contra su gusto con hombres que les inspiraban aversión más que amor.

Protegió a la llamada Generación del 37 (Echeverría, Alberdi, los hermanos Juan María y Juan Antonio Gutiérrez, entre otros) y entre 1839 y 1843 se expatrió a Montevideo, por miedo a una persecución por Rosas, quien la calificaba como una “francesita parlanchina y coqueta”. Falleció a los 81 años, el 23 de octubre de 1868.

Esta biografía se difundió el sábado último desde las 17 en la versión radial de "Tomás Buenos Aires", por radio Del Pueblo AMm 830.

Noticias

      2017-06-08 22:03:26  

    Desde Marsella, Francia, distinguieron a Julio Dupláa, un histórico argentino de la danza del tango y la milonga, al calificarlo de "persona emblemática de la Ciudad de Buenos Aires". La Asociación Les Trottoirs de Marseille así lo consideró en una nota fechada el 1° de junio último a esta ciudad, firmada por Michel Raous, presidente de la asociación y Marcelo y Giorgia Guardiola, maestros de tango de Les Trottoirs de Marseille.

    Dice textualmente la nota:
    "Desde Francia hacemos voz para expresar nuestra gratitud y transmitir nuestra admiración por el Maestro Julio Dupláa quién desde su nacimiento respira tango.

    Nacido en el porteño barrio de Villa Urquiza declarado «Capital del Tango bailado» impulsado por el mismo Dupláa y cuna de tantos magnificos bailarines y milongueros, don Julio supo conocer el tango en el antiguo y prestigioso Club Sin Rumbo. Desde niño miró y escuchó las orquestas, de adolescente bailó su música y de hombre organizó milongas; toda una vida dedicada a nuestro tango y a nuestra ciudad ya que en la actualidad toda Buenos Aires respira su presencia, refleja su personalidad y vive su dedicación organizando eventos, cuidando el trabajo de los bailarines y dando clases que trasmiten sabiduria y vivencias.

    Por esto y muchas cosas más  el Maestro Julio Dupláa es una persona emblemática de la Ciudad de Buenos Aires. Nuestros más sinceros saludos".

    Tomás, el Buenos Aires, felicita a través de esta página a Julito Dupláa, amigo y, como dicen los franceses, un emblemático del tango bailado. Aunque él se cite cada vez que puede de "apenas un milonguero".

    Foto (Gentileza revista "La Milonga"): Julio Dupláa (derecha) en trámite de alguna tropelía con Tomás, el Buenos Aires.

     

     


      2016-11-24 20:18:14  

     "Trago amargo alcanzó el éxito el día de su estreno en 1925 con la letra de Julio Navarrine (1889-1966) y la música de Rafael Iriarte (1890-1961). ¡Esplendorosa época del tango-canción! “Lealmente, ´Trago amargo´ no era un tango de excepción, sino simplemente un tango exitoso. Su letra es de un tinte melodramático campero, de fácil sentimentalismo. La mejor virtud de su música era no alardear de ninguna: dejar que la opinión del oyente reafirmara su origen: ‘el tango de un guitarrero’. También queda dicho que era ´un sencillo y bien sonante tango´, según el sin par Francisco García Jiménez en su insoslayable libro ´Así nacieron los tangos´, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1980.

    Si reflexionamos acerca de los versos de Navarrine, quien junto a su hermano Alfredo fue un admirable propulsor de los primerísimos cuadros folclóricos teatrales –y autores ambos de sendos tangos muy celebrados por el público–, habrá que resaltar cómo se habían condicionado al tema musical merced a una especial puja de frases imperativas: “¡Arrímese al fogón, viejita, aquí a mi lado!/ ¡Ensille un cimarrón, para que dure largo! ¡Atráquele esa astilla, que el fuego se ha apagado!/ ¡Revuelva aquellas brasas y cebe bien amargo! ¡Alcance esa guitarra de cuerdas empolvadas,/ que tantas veces ella besó su diapasón!”.

    El tango tuvo su estreno en el porteñísimo teatro ‘Maipo’ durante una de las temporadas de ‘revistas’, a mitad de los años veinte del pasado siglo. ¡Quién vería a aquel gaucho melodramático, dirigiéndole toda la ristra de mandatos a la madre, reservándose para él, por toda faena, el empinarse el codo con la botella de caña! Y la pobre vieja –de acá para allá, como maleta de loco– sin saber si arrimarse al fogón, si ensillar el cimarrón, si atracarle la astilla al fuego y revolver las brasas, si alcanzarle la guitarra o arrancarle primero la cinta, si secarse las lágrimas, si volver a cebar al “amargo” o bien si –ya exhausta–, después de buscar un crespón para la guitarra, inclinarse, al fin, ante la Virgen…"

    En fin, sintetiza ahora Tomás, el Buenos Aires, sobre este tango: un "Trago Amargo"... ¡para la pobre vieja!,

    De paso: El músico Rafael Iriarte fue un laburante de la guitarra en el tango. Nacido en un barrio del sur porteño, su fogueo artístico se dio en los cafés con música de la calle Corrientes. Después, llegó el espaldarazo en los teatros ‘Nacional’ y ‘Apolo’, ‘Porteño’ y ‘Empire’. Iriarte acompañó a una galaxia de cancionistas y cantores como Saúl Salinas, Rosita Quiroga y Agustín Magaldi, también a Charlo, Ignacio Corsini y Libertad Lamarque. Por su inquietud y ojos vivos, a Iriarte lo apodaban ‘El rata’.

    -Fragmento de la nota de Isaac Otero en el sitio "Crónicas de la Inmigración", setiembre de 2016-


      2016-11-21 19:28:06  

    A Pablo Agri lo esperó un violín en la cuna y a los diez años le pidió a su papá que lo inscribiera en un conservatorio. Su papá fue, nada menos que el rosarino Antonio Agri, juntamente con Elvino Vardaro y Mario Franchini, los tres violinistas más importantes del tango.

    Destaca que hoy encuentra a "muchos jóvenes  buenos instrumentistas y compositores que toman el tango con la seriedad que merece y que siguen estudiando". En cambio, Pablo advierte que "no me gustan definitivamente las imitaciones, las orquestas que ´tocan como´, ¡eso no me gusta! Digo que hay que aprender todos los géneros pero no imitar a nadie" sentencia.

    Aclara que "empecé con la música clásica para diferenciarme de mi viejo... Nací en el 68, año que se estrenó la operita "María de Buenos Aires" de Piazzolla y mi viejo ya era muy popular. Pero sin duda lo mío es el tango desde la cuna, o antes de ella y, hasta hoy, mi mejor manera de expresarme es nuestra música". Tanto es así que tocó, por ejemplo, con Mariano Mores y Horacio Salgán pasando por Néstor Marconi, Susana Rinaldi y Osvaldo Berlingieri. Es integrante de la Orquesta Sinfónica Nacional desde 1992, tomó clases con el maestro Szymsia Bajour; fue becado por la Fundación Antorchas para estudiar en el Conservatorio Edgard Varese, en Francia. En el 99 fue violín solista del show "Tango argentino" en Broadway (Nueva York).

    Este año fue el músico argentino que tocó por primera vez tango en vivo en una de las siete maravillas del mundo, los palacios de la Alhambra en Andalucía, España. Además, junto a sus compañeros formaron junto a la orquesta de la Casa Argentina en París, integrada por una belga, tres franceses, cuatro argentinos, una japonesa, un chino, y una violinista rusa, todos jóvenes. "Esto nos dice claramente que el tango es universal y se toca en todos los idiomas" reflexiona finalmente este también joven, que aporta un violín de conservatorio consagrado a la música que identifica al país.

    -Esta nota toma fragmentos de un reportaje realizado por el diario "La Capital" de Rosario-.


      2016-09-21 19:58:17  

    Sergio Pujol es joven, filósofo, docente y con varios libros en su haber, investiga a las danzas sociales y concedió hace unos días una nota al diario "La Izquierda" donde afirma que la década del ´20 marcó un antes y un después de la cultura argentina marcada decididamente por la eclosíon del tango. Aquí la nota:

    Comienza Pujol señalando que recien a mediados de los años ´20 "tenemos a Gardel con un porcentaje dominante de tangos en su repertorio; viene de cantar estilos, milongas. Canta en esos momentos foxtrot, shimmy, alguna que otra rumba.  Por lo tanto no se puede decir que el tango a principios de los 20 fuera el epítome de lo argentino y de lo nacional. Más bien se va ganando ese lugar. Las críticas que se hacen al tango hasta el año 30 inclusive, no son tanto acerca de su supuesto origen prostibulario, de mala vida o pecaminoso, sino que es una música que no representa la totalidad de la Argentina. Es una música de puerto que se ha consolidado a partir del aporte inmigratorio decisivo en el lenguaje, tanto en las letras, con la presencia del lunfardo, como en la música.

    Lo mismo pasa con el samba en Brasil, con el son en Cuba. Hay un momento en que estas músicas, muchas con una fuerte impronta afro, se convierten en emblemas nacionales. Eso pasa entre los 20 y los 30. Pasan de ser músicas orilleras, con una fuerte connotación de clase, a representar al país. En ese tránsito depuran su forma pero hay algo de la condición de clase que queda. Y en un momento explota.

    Durante el peronismo explotó. Cuando Alberto Castillo canta “Qué saben los pitucos, lamidos y sushetas...” está retrotrayendo la historia del tango 20 o 30 años. Lo que les está diciendo a sus bailarines, a los que bailan con su música , es “ojo, sepan de dónde vienen ustedes, no se dejen engrupir, el tango es una danza de salón pero ojo que venimos de las orillas”. Es interesante cómo, en algún sentido, al tango nunca se lo domestica del todo.

    "En los ´20 el tango se come todo"

     A la vez los años 20 son la clausura de una época ahí ya nadie baila polka o mazurca muy populares en 1880 y 1890. En los 20, el tango se come todo. Se come esas danzas. No al jazz. Y en parte se las come, creo yo, porque aparece el tango canción. Si no hubiera aparecido, tal vez hubiéramos tenido todavía ese repertorio "variopinto" de danzas. 

    Además están los hijos de los inmigrantes para los años 20, que son más tangueros que los padres en muchos casos. Las historias de vida de esa generación, la de Piana, o la de De Caro, que era un poquito más grande, casi todas están marcadas por la brecha generacional.

    El muchacho que quiere formar una bandita de rock en los 60 tiene muchas similitudes con el muchacho que quiere tocar tango en los 20. Pero incluso el corte es más violento en los 20. Porque la familia en los años 60 ya no es tan autoritaria como la familia en los 20. Yo no conozco historias de hijos que hayan dejado de hablar con sus padres veinte años por querer formar una banda de rock. 

    Ya forma parte un poco del relato romántico del tango: el reencuentro del padre con el hijo consagrado, tocando tango con una orquesta de noventa profesores. Lo vemos en Canaro, en De Caro. La “gran orquesta”. Quizás el último representante de esa ambición clasicista en términos musicales sea Mariano Mores. Cuando lo entrevisté para el libro de Discépolo, Mores decía “sí, quise llevar el tango a un nivel superior, siempre quise elevar el tango”. Muchos de esos maestros podrían haberse dedicado tranquilamente a la música académica.

    En los 20 y 30 es muy fuerte el sinfonismo tanguero. En parte, por influencia de la música académica. En el jazz también se da con Paul Whiteman, eso de redimir la música orillera vistiéndola con las mejores galas. La música clásica es la gran música. En las entrevistas a los tangueros de esa época se ve que estaba la gran música y la música popular. El epígrafe que utilicé para el libro Cien años de música argentina es de Julio de Caro y dice “Mi deseo era que los conocimientos que había adquirido en el conservatorio se amoldaran a las emociones que había recibido en la calle”.

    ¿Cómo hacer para convertir la emoción de la calle en una música artística. No una música que sólo se baila, que acompaña las labores de los laburantes del Mercado de Abasto, que enamora a las chicas en su casa con la vitrola, sino una música que tenga un valor artístico sin olvidar esa emoción y ese arraigo?

     Rodolfo Valentino
    Con Rodolfo Valentino se afirma el star system y el latin lover. Que van a tener una prolífica trayectoria en la cultura de masas internacional. Efectivamente, los estrenos de Valentino causaban furor. No sólo en los varones, sobre todo en las mujeres. Hay un ídolo que atrae a las mujeres, que perturba a los varones, que genera incomodidad. Valentino baila tango, a su manera. Nosotros diríamos que lo hace “mal”. Pero, a la manera Valentino, lo baila y lo promociona a nivel mundial. Los argentinos de esta época son hijos de Valentino.

    La sexualidad en los años 20 también explota. Las flappers americanas con el cabello corto se suben el ruedo de las polleras. Las mujeres empiezan a tomar whisky, empiezan a fumar, en algunos países a votar. Esta revolución de las costumbres femeninas, del lugar de la mujer en la sociedad, de alguna manera está traccionada por artefactos culturales, y las películas de Valentino evidentemente cumplen un rol importante. 

     Si no se hubiera dado la tangomanía en los años inmediatamente anteriores a la Primera Guerra Mundial, si los criollos de Argentina no hubieran “hecho la América” en Europa y Estados Unidos dando clases de tango y no se hubiera producido esa expansión, Valentino hubiera bailado otro ritmo en la película.


      2016-09-16 04:12:05  

    Cristian Palomo es el campeón mundial de tango pista, coronado en el Festival y Mundial 2016 en Buenos Aires. En la danza comenzó por el folclore que bailló en la escuela para luego cantarlos en las peñas más cercanas. Hasta que conoció el tango y lo demás se transformó en entrañable recuerdo.

    “Argentina es la capital mundial del tango -afirma Cristian-, donde países de todo el mundo vienen a competir. Acá pocos saben que en otros países un festival lleva más de dos mil personas, pero no hay prensa de lo que pasa para que la gente se entere. Al tango la cultura no le da bolilla.

    “Buenos Aires tiene su encanto, tiene su magia, pararse en un cafecito y mirar por la ventana mientras hablas de fútbol. Todo es tango en Buenos Aires, pero se está perdiendo porque no hay apoyo a esta cultura. Veo pobre y mal al tango por estos tiempos en Argentina. Hay muchas casas de tango que están conectadas con las agencias de turismo para poder subsistir y otras van cerrando” comenta el bailarín.

     Si bien la idea de dedicarse al baile siempre estuvo presente, su primer contacto con el  tango “le voló la cabeza” y empezó a prepararse tomando clases y metiéndose en el circuito milonguero, reemplazando cada vez más horas en su lubricentro que al poco tiempo decidió cerrar porque no era feliz ahí y si lo sería bailando: “no había tenido la valentía de jugarme, pero dije: lo hago ahora o nunca".

    El primer abrazo a la milonga fue hace cuatro años cuando conoció a Melisa Sacchi su pareja de baile, con la que generó una conexión que los llevó a ganar el Metropolitano y el subcampeonato mundial el año pasado, en la antesala de lo que fue su consagración semanas atrás en una performance sentida y prolija. “Con Meli venimos trabajando hace cuatro años muy fuerte y yo con un abrazo sé cuando está triste, cuando está alegre, cuando quiere bailar, cuando no quiere bailar. Hay una energía continua. Si los dos nos abrazamos es porque tenemos ganas de bailar, ya hay un deseo; sumado a la complicidad que tiene ese abrazo; a la magia y el encanto que tiene el tango que genera un ambiente”, señala Cristian.

    Admira los bailarines con mucha presencia como Juan Corvalán y Juan Pablo Horvath de Forever Tango, a los artistas que dejan el alma en lo que hacen: su interpretación, como la de Adrián Guida en la orquesta de Pugliese y Carlos Gari de la de Leopoldo Federico. Y pensado en otros se define él, él y su pareja, tomando estas cualidades de las que habla.

    Para los dos el tango es una pasión, un entretenimiento, y un medio de vida que se resume en distintas presentaciones y participaciones estables, aquí y en el exterior, que con el campeonato ganado se multiplicarán. De hecho ya piensan en terminar los tres últimos meses del año en Asia y en empezar los tres primeros del siguiente en Europa, cuestiones que dejaron de ser proyectos y se transformaron en realidad.

    Si bien Cristian sostiene que si uno vive de lo que le gusta, no es trabajar; reconoce que tanto empezar como mantenerse en el sendero artístico es complejo y que naturalmente termina siendo el exterior el lugar para muchos maestros y para todos los profesionales con aspiraciones y ansias de tranquilidad económica.